- Espérame cuando los árboles desnuden su belleza- me dijo.
Han pasado veinte años desde aquella frase y cada otoño
regreso a nuestro parque para encontrarte. Me siento en el mismo banco donde
cada tarde me leías, llevo mis libros y recito en voz alta por si estás
escondida entre alguno de los árboles.
Aún recuerdo la última vez que nos vimos. Tú, elegante como
siempre, paseando sobre el manto ocre del suelo ya cubierto de las primeras
hojas. El pelo suelto, brillando al compás de los últimos rayos del sol que se
hacían visibles entre las ramas. Confieso que me gustaba el color de tinte que
te dabas, aprovechando las estaciones para cambiar de imagen y el otoño, sin
duda, era cuando más preciosa me parecías. Simulabas las luces de ese sol en la
primera hora de la mañana, dibujando con mechas los tonos diferentes de la
hojarasca. Por mi parte era el mismo chico asustadizo que cada día llegaba media
hora antes a la cita para verte caminando hacia mí; vaqueros, camisa a cuadros
en tonos beige y zapatos siempre brillantes, sonrisa nerviosa que se marcaba
con un leve "tic" en la comisura de mis labios.
Aquel día nos acompañó el anochecer hasta que ya sin luz
tuvimos que regresar. Traté de alargar mi mano para tomar la tuya pero estaba
tan nervioso que ni siquiera podía moverla, caminamos hacia tu casa y el
silencio se hizo presente. Tu mirada ausente me preocupaba, más nervioso aún me
atreví a preguntarte qué sucedía, -nada-, esa fue tu respuesta. Al llegar dos
calles antes de tu casa me detuviste, miré fijamente tus ojos y dije:
- ¿Mañana a la misma hora?
y tú respondiste lo de siempre:
- Claro.
A las tres y media en punto te esperaba en aquel parque, pero
ese día te habías adelantado y solo tenía una nota en aquel frío banco:
- Espérame cuando los árboles desnuden su belleza.
Era el primer día de invierno y supe que no nos veríamos
hasta el próximo otoño. Conté los días restantes, estación por estación, hasta
que por fin regresó pero tú no volviste con el.
Siguiendo el mismo ritual de siempre he pasado a comprar el
periódico, ya sabes que los domingos lo cojo por el suplemento de cultura que
viene. Con la prensa bajo el brazo, mi abrigo tipo gabardina y la cajetilla de
tabaco, me senté a leer los artículos mientras te esperaba. Acomodé la
gabardina sobre el respaldo del banco, los han cambiado y ya no de madera como
antes sino de acero forjado, son bonitos pero nada prácticos. Abrí la primera
página del suplemento de lecturas recomendadas, a ti era lo único que te
gustaba y me dispuse a leértelo como si estuvieras.
-"La mirada del otro" de Juan Inciso por ediciones
Tal vez.
-"Hojarasca" de Alicia Roxet por ediciones
Futuras.
-"Espérame cuando los árboles desnuden su belleza"
de...
Ahora comprendo que no importan los otoños que pasen, nunca
regresarás, tan solo era el título de tu futura novela.
